En este cuarto domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, la Iglesia medita el inicio del Sermón de la Montaña según el Evangelio de san Mateo (Mt 5,1-12a). Las Bienaventuranzas constituyen el núcleo de la enseñanza de Jesús y presentan el modelo de santidad al que todo discípulo está llamado. La meditación de estas palabras permite al fiel situar su vida ante la Nueva Ley, preparando el corazón para una configuración más profunda con la persona de Jesucristo, cumplimiento perfecto de toda justicia.
Para ayudarle a orar con este Evangelio, hemos elegido cinco Bienaventuranzas, que meditamos en el pódcast (https://youtu.be/qiCg7plon2g ). Puede verlo para profundizar su meditación y su oración seleccionando los subtítulos en el idioma que prefiera. Si lo desea, medite y ore también con las demás Bienaventuranzas.
Los pobres de espíritu y la posesión del Reino
La primera Bienaventuranza establece el fundamento de la vida cristiana: el reconocimiento de la propia insuficiencia ante Dios. Ser pobre de espíritu significa vivir en una actitud de total dependencia del Señor, renunciando a la autosuficiencia y al orgullo que encierran al ser humano en sí mismo. Cuando el alma se vacía de sus seguridades y pretensiones, se vuelve capaz de recibir la plenitud del Reino de los Cielos, que consiste en la soberanía de Dios actuando en la vida de cada persona y en la historia humana.
Los mansos y la herencia de la tierra
La mansedumbre evangélica es la virtud de quien, fortalecido por la gracia, domina sus propios impulsos y responde con la serenidad propia de Cristo. Jesús revela que el verdadero poder reside en la paciencia que espera en el Señor, y no en la imposición ni en la violencia. Los mansos heredarán la tierra porque su fuerza nace de la confianza absoluta en la Providencia divina, permitiendo que la paz de Dios gobierne sus corazones y sus relaciones con el prójimo.
Los misericordiosos y la fuente del perdón
La práctica de la misericordia es la condición para que el ser humano alcance el perdón divino en el juicio final. El discípulo está llamado a reflejar la compasión del Padre, actuando con benevolencia ante las debilidades ajenas y evitando el juicio severo. Al ejercer la caridad y el perdón, el cristiano experimenta la misericordia de Dios y comprende que la medida usada con los hermanos es la misma que recibirá de la justicia eterna.
Los limpios de corazón y la contemplación de Dios
La pureza de corazón consiste en la rectitud de las intenciones y en la unificación del deseo humano en la búsqueda del Bien, lo Bello y el Verdadero Bien. Ver a Dios exige un alma despojada de ambigüedades y de apegos desordenados que oscurecen la visión espiritual. A través de una vida de oración y de ascesis, el fiel purifica su mirada para reconocer la presencia divina, preparándose para la visión beatífica que constituye la meta final de toda la existencia cristiana.
Los que trabajan por la paz y la filiación divina
Quienes promueven la paz cooperan directamente con la obra de reconciliación realizada por Jesucristo. Ser llamados hijos de Dios es la promesa reservada a quienes se esfuerzan por establecer la armonía donde hay conflictos, actuando como discípulos e instrumentos de unidad y de paz en sus ambientes. Esta paz nace de un corazón reconciliado con el Padre y se manifiesta en gestos de concordia y de verdad, dando testimonio de la presencia del Reino de Dios en el mundo.
Pasos de la Lectio Divina
Lectura (lectio)
Lea Mateo 5,1-12a lentamente, observando el escenario del monte y la autoridad con la que Jesús enseña. Identifique cada una de las condiciones y promesas asociadas a las Bienaventuranzas.
Meditación (meditatio)
¿Cuál de las Bienaventuranzas interpela más mi conducta actual? ¿De qué modo he buscado la felicidad: a través de mis propias seguridades o en una dependencia real de Dios?
Oración (oratio)
Comience su oración, por ejemplo, con:
«Señor Jesús, concédeme la gracia de un corazón manso y puro, capaz de perdonar y de buscar la paz en todas las circunstancias. Que tu Palabra transforme mi manera de pensar para que desee solo lo que te agrada».
Contemplación (contemplatio)
Contemple a Jesucristo como el Hombre de las Bienaventuranzas. Adore al Señor que encarna perfectamente la pobreza, la mansedumbre y la misericordia para nuestra redención.
Acción (actio)
Elija un gesto concreto de misericordia o de promoción de la paz para realizar esta semana, con vistas a la reconciliación en algún ámbito de su vida familiar o profesional.
Hasta la próxima semana.
¡Shalom!
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