En este quinto domingo del Tiempo Ordinario, del Año A, la Iglesia medita el Evangelio según san Mateo (Mt 5,13-16), que presenta la continuación del Sermón de la Montaña. Después de proclamar las Bienaventuranzas, Jesús utiliza imágenes de la vida cotidiana para definir la naturaleza y la misión de sus discípulos. Este texto es central para la vida cristiana, pues recuerda que la santidad recibida por medio de la gracia debe manifestarse como un testimonio público y transformador, siempre orientado a la gloria de Dios.
Como hemos hecho en los últimos domingos, presentamos a continuación cinco puntos para ayudarle a orar con este Evangelio. Estos puntos fueron meditados en el podcast (https://www.youtube.com/watch?v=Kk13CuvQDi0), al que puede acceder para escuchar nuestra reflexión. También puede consultar el texto de esta lectio y de las anteriores en la sección «Formación» del sitio web de la Comunidad Shalom:
https://comshalom.org/es/category/formation-es/
- La sal de la tierra
Jesús utiliza la metáfora de la sal (cf. Mt 5,13) para describir la presencia del cristiano en la sociedad, destacando su función de dar sabor y preservar de la corrupción. El discípulo está llamado a ser Kadosh —santificado y separado para Dios— actuando de tal manera que confiera a las realidades temporales el sentido de la eternidad. Así como la sal necesita desaparecer en el alimento para que el sabor prevalezca, el cristiano ejerce su misión con discreción, permitiendo que la presencia de Dios se haga sentir sin convertirse él mismo en el centro de atención. Esto debe hacerse en la justa medida, pues la comida con exceso de sal se vuelve incomible.
La eficacia de este símbolo reside en la conservación de su esencia; si la sal pierde su sabor, se vuelve inútil y solo sirve para ser pisoteada por los hombres. Esta advertencia se refiere al peligro de que el discípulo sea contaminado por la mentalidad del mundo, perdiendo su fuerza y su identidad sobrenatural. Un cristianismo que se vuelve insípido, renunciando a la verdad evangélica para ser aceptado, deja de cumplir su finalidad de testimonio y de preservación moral y espiritual de la humanidad.
- La luz del mundo
Al afirmar que los discípulos son la luz del mundo (Mt 5,14), el Señor indica que participan de su propia naturaleza luminosa (cf. Jn 8,12; 9,5). El cristiano no posee luz propia, sino que actúa como un espejo o como la luna que refleja el resplandor del sol; su luminosidad proviene de la unión íntima con Cristo, comunicada por el Espíritu Santo. Esta luz tiene la misión de disipar las tinieblas del error y del pecado, orientando el camino de la humanidad hacia el encuentro con el Resucitado. También aquí el discípulo debe cuidar de iluminar con la intensidad adecuada, para no llegar a cegar por un exceso de luz. No se trata de atenuar el testimonio, sino de caridad hacia quienes aún están lejos del Señor.
- Poner la lámpara en lo alto
La fe cristiana exige visibilidad y no puede vivirse de forma oculta o meramente privada. Jesús utiliza la imagen de la ciudad situada sobre un monte y de la lámpara colocada en el candelero para subrayar que la verdad del Evangelio debe iluminar todos los ámbitos de la vida. Esconder la luz bajo un recipiente representa la omisión por miedo al juicio o por respeto humano. El testimonio debe ocupar un lugar central en la existencia del discípulo —en la familia, en el trabajo y en la vida pública— para que su claridad alcance a todos.
- El resplandor de las buenas obras
El resplandor del cristiano se manifiesta concretamente a través de la rectitud de sus acciones y de la práctica de la caridad. No se trata de una exhibición de virtudes personales, sino de una vida unificada en la que la palabra y el gesto convergen hacia el Bien. Como enseñaba san Ignacio de Antioquía, el cristianismo manifiesta su verdadera grandeza especialmente cuando afronta la oposición del mundo, pues la autenticidad de las buenas obras resiste las pruebas y revela la fuerza de la gracia que actúa en la debilidad humana.
- La alabanza al Padre
El objetivo final de todo testimonio y de toda buena obra es que los hombres glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16). El centro de la misión no es el propio discípulo ni la exaltación de la Institución, sino el cumplimiento del «santificado sea tu Nombre». Cuando el mundo reconoce la bondad en las acciones de los cristianos, es conducido a la adoración del Padre, Fuente de toda santidad. Toda la vida del discípulo debe ser un camino que apunte hacia Dios, haciendo que el Padre sea conocido, amado y alabado por medio de sus hijos.
Pasos de la Lectio Divina
Lectura (lectio): Lea lentamente Mateo 5,13-16. Observe la autoridad de Jesús al decir «Vosotros sois…» e identifique las imágenes de la sal, de la luz, de la ciudad en el monte y de la lámpara.
Meditación (meditatio): ¿He dado el sabor de Cristo a mis ambientes o me he vuelto insípido (contaminado) para ser aceptado? ¿Mis obras conducen a las personas a alabar a Dios o buscan solo mi propia promoción? ¿De qué manera he «escondido la luz» por miedo al juicio ajeno?
Oración (oratio): Ore, por ejemplo, así: «Señor Jesús, Tú que eres la verdadera Luz, dame el valor de ser testigo de Tu verdad. Purifica mis intenciones para que la sal de mi fe no pierda su sabor y para que mis obras contribuyan siempre a la alabanza del Padre…»
Contemplación (contemplatio): Adore a Jesucristo como la Luz del mundo. Permanezca en silencio ante el Señor, dejando que su presencia purifique su mirada y renueve su deseo de santidad.
Acción (actio): Elija una situación concreta de esta semana para actuar con transparencia y caridad, dando testimonio de su fe de forma clara y serena en el ambiente de trabajo o en su familia.
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
https://www.youtube.com/watch?v=Kk13CuvQDi0