José Ricardo F. Bezerra
“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verlo, lo adoraron; algunos, sin embargo, dudaban. Entonces Jesús se acercó y les habló diciendo: «Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».” (Mt 28,16-20)
Introducción
Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En algunos lugares se celebra el mismo jueves, cuarenta días después del domingo de la resurrección. Sin embargo, en Brasil y en muchos otros países, por razones pastorales, se traslada al domingo. En el año A meditamos con el Evangelio de Mateo 28,16-20, cinco versículos y toda la riqueza de la Palabra de Dios.
Un primer punto que observar es que la Ascensión propiamente dicha no es relatada en el texto de hoy. En san Lucas y en san Marcos hay relatos propios de la subida de Jesús al Cielo, pero no en san Mateo, que termina con un último encuentro de Jesús y los discípulos, en Galilea. Aquí Jesús hace un envío y una promesa, el «Id y haced discípulos» y el «Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos», que iluminan todo este pasaje.
Conviene recordar la profundidad del misterio que celebramos. En la Biblia, el Cielo no es un lugar físico, en el sentido que conocemos, el espacio sobre la tierra. Si Jesús hubiese subido al espacio sideral, incluso viajando a la velocidad de la luz, en 2000 años aún no habría salido de la Vía Láctea, que es apenas una de las galaxias del universo. El Cielo es, ante todo, otra dimensión espiritual, un estado del alma. Un día, cuando Jesús vuelva, sí, será también un lugar físico: porque creemos en la resurrección de la carne, y la carne necesita un lugar.
Y esta es nuestra fe al celebrar la Ascensión (distinta de la Asunción de la Virgen María): nuestra carne será resucitada con Cristo e irá al Cielo, como profesamos en el Credo: «Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna». Jesús subió al Cielo con nuestra carne humana, como primicia de la humanidad. Hay alguien como nosotros en la eternidad divina, y no solo Él, sino también María santísima, Nuestra Señora, a quien el Catecismo llama «icono escatológico» (CIC 972), signo de lo que seremos para siempre.
Hemos escogido cinco puntos para la meditación de esta semana, basados en el podcast, que puedes ver con los subtítulos en tu idioma.
1. El monte que Jesús les había indicado
“Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado” (Mt 28,16)
¿Qué monte es este? Los exégetas especulan varias posibilidades: el Tabor, el Hermón, y otros. Pero el Evangelio no lo identifica. Y cuando la Palabra de Dios no nombra, podemos ponernos allí, como hicimos al meditar sobre Tomás, el Dídimo (gemelo), y el discípulo amado.
En la Biblia, el monte es, por excelencia, el lugar del encuentro con Dios en la oración. Moisés sube al monte Sinaí para hablar con Dios; Elías sube al Horeb para encontrarse con Él; Abrahán sube al monte Moria con Isaac para ofrecer el sacrificio. El mismo Jesús, a lo largo de su vida pública, sube varias veces al monte para orar.
Por tanto, el monte al que somos invitados a subir es el «monte» de la oración, donde cada uno se encuentra con el Señor. No solo los apóstoles que fueron convocados a aquel monte de Galilea: nosotros también somos convocados, cada día, a nuestro lugar de oración. Y podemos decir como san Pedro en la Transfiguración: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!» (Mt 17,4).
2. Al verlo, lo adoraron… algunos dudaron
“Al verlo, lo adoraron; algunos, sin embargo, dudaban” (Mt 28,17)
La postración tiene dos sentidos. Primero, es signo de adoración y respeto ante el Señor que se manifiesta. Pero la postración es también abatimiento, entrega, aceptación de una situación delante de Dios. Es la postura del sacerdote al inicio de la liturgia del Viernes Santo y la de los candidatos a la ordenación presbiteral y diaconal, que se postran por tierra en el momento de las Letanías de Todos los Santos.
Si tú estás postrado, abatido en medio de alguna prueba o con dudas, entrégate al Señor, simplemente está delante de Él. Y mira lo que el evangelista dice en la continuación del mismo versículo: «Entonces Jesús se acercó y les habló». También en nuestra oración Jesús se acerca a nosotros y nos habla.
En cualesquiera dificultades o tribulaciones busca al Señor en la oración, y Él vendrá a tu encuentro. Si es posible, ponte de rodillas. Como dice el Padre Saulo, de la Comunidad Shalom: «Cuando mi alma tiene dificultad para orar, cuando mi mente está llena de cosas, me arrodillo; porque si mi mente no está orando, si mi alma no está orando, al menos mi cuerpo estará orando».
3. Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra
“Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18)
La autoridad de Jesús fue dada por el Padre. Jesús es Rey, el Soberano sobre todos. El Salmo de hoy se aplica al Señor: «Dios reina sobre todas las naciones y está sentado en su trono glorioso» (Sal 46(47),9). El emperador romano que entonces dominaba el mundo ya no es el señor de esta tierra. Jesús es el Señor — Kyrios y «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor» (Flp 2,10-11), dirá san Pablo.
Antes de comenzar la vida pública, Jesús fue llevado al desierto y allí el diablo lo tentó: «Yo te daré todo este poder con la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada y yo la doy a quien quiero. Si tú, pues, te postras delante de mí, toda ella será tuya» (Lc 4,6-7). Era una promesa falsa, porque el diablo no tenía esa autoridad y poder. La autoridad pertenece ahora a Cristo, que ha recibido del Padre todo poder en el cielo y en la tierra.
Hay además otro aspecto de esta palabra «autoridad» — en latín, auctoritas — que viene de augere, y significa «hacer crecer». Quien tiene autoridad — sea en una empresa, en la familia, en la Comunidad, como Formador Comunitario o en cualquier posición de liderazgo — debe ser aquel que ayuda a los subordinados a crecer. Jesús tiene esta autoridad del Padre y se la comunica a los suyos: cuando constituye a Pedro, le da autoridad para confirmar a los hermanos, para apacentar a las ovejas, para hacer crecer a la Iglesia. «Confirma a tus hermanos» (Lc 22,32): este es el sentido cristiano de la autoridad.
4. Id y haced discípulos
“Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones…” (Mt 28,19)
La misión ahora se amplía. Durante la vida pública, Jesús había enviado a los discípulos de dos en dos, primero «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,6). Ahora, antes de subir al Cielo, el envío es universal a «todos los pueblos».
Hay dos movimientos en este mandato: el «id» implica el desinstalarse, el dejar la «zona de confort». Ser discípulo de Jesús es salir, es evangelizar. «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1Cor 9,16), dice san Pablo. No nos quedemos esperando que las ovejas lleguen a la Iglesia. Se cuenta que el santo Cura de Ars, cuando llegó a aquella aldea perdida en las montañas casi nadie iba a misa. Entonces comenzó visitar a los feligreses, a ponerse a disposición y a oír confesiones. En poco tiempo venía gente de toda Francia a aquella pequeña ciudad para encontrar al santo Cura.
Y el «haced discípulos» es la enseñanza, la catequesis. No solo el primer anuncio kerigmático, sino la formación continua en la fe, la enseñanza de la doctrina. Hoy muchos católicos se quedan solo con la catequesis hecha para la Primera Comunión y, sin conocer mejor su fe, quedan vulnerables ante los predicadores de otras denominaciones. Por eso, la invitación: no te contentes con el conocimiento que tienes de la doctrina. Si tienes dudas, busca un sacerdote o un laico bien formado. Comienza por la lectura de la Palabra de Dios y del Catecismo de la Iglesia Católica, disponible en internet y en las librerías católicas. Antes de leer a los místicos como san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila, lee el Catecismo. Primero busca el fundamento, después profundiza. Muchos evangélicos que buscan la Verdad, al estudiar a los Padres de la Iglesia, especialmente sobre el misterio eucarístico, vuelven a la Iglesia. Como dijo san Ireneo sobre la Eucaristía: «Es Jesús, y se acabó». Es lo que Jesús afirmó solemnemente: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26).
5. Yo estaré con vosotros
“Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)
En el Evangelio de Mateo tenemos en su comienzo y en su final una misma afirmación. Al inicio, el ángel anuncia a José que el niño que María había concebido era el cumplimiento de la profecía de Isaías 7,14: «He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamarán Emanuel que significa: ‹Dios con nosotros›» (Mt 1,23). Y aquí, al final del Evangelio, el mismo Jesús lo confirma: «Yo estoy con vosotros».
El «con vosotros» está en plural, pues Jesús había dicho: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Pero el Señor está también con nosotros en la oración personal, en la Eucaristía, en la Palabra, y en los más pequeños de los hermanos. Y nos hace recordar a san Pío de Pietrelcina que tiene una bellísima oración: «Quédate conmigo, Señor».
Es en la oración donde Jesús se revela a sí mismo y en esa revelación nos revela quiénes somos. En este sentido las dos Teresas carmelitas se completan. Santa Teresita del Niño Jesús decía: «Yo soy lo que Dios piensa de mí». Y santa Teresa de Ávila oraba: «Alma, búscate en mí, y a mí búscame en ti». Sin esa intimidad cotidiana con el Señor, la vida se pierde.
Pasos de la Lectio Divina
Lectura (Lectio)
Toma la Biblia y lee atentamente esos cinco versículos de Mateo 28,16-20. Léelos una primera vez de modo corrido, luego léelos una segunda vez más despacio. ¿Qué palabra, qué frase, qué detalle de la escena te llamó más la atención?
Meditación (Meditatio)
Vuelve a los cinco puntos de la meditación: el «monte» como lugar de la oración; la postración como adoración y como entrega; la autoridad que Cristo recibió del Padre; el envío misionero; la promesa del Emanuel, Dios con nosotros. Detente en aquel en el que el Espíritu está hablando a tu corazón hoy. ¿Por qué precisamente este?
Oración (Oratio)
Responde al Señor con tus propias palabras, según el Espíritu Santo te mueva. Si lo deseas, reza la oración final, la bellísima oración «Quédate conmigo, Señor», de san Pío de Pietrelcina.
Contemplación (Contemplatio)
Reposa, en silencio, en el misterio de hoy. Jesús subió a los cielos con nuestra carne humana, como primicia. Hay alguien como nosotros, en cuerpo y alma, en la eternidad divina. Y está también María, icono escatológico: el signo de lo que seremos. Deja que esta certeza dilate tu corazón.
Acción (Actio)
Y ahora, a la luz de lo que has orado: ¿en qué área de tu vida necesitas aún someterte al señorío de Cristo? ¿Quién es la persona concreta a la que el Señor te envía esta semana para anunciar el Evangelio, por la palabra, por el testimonio, por la escucha? ¿Hay alguien a quien puedas ayudar a crecer en la fe?
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
Oración final: ¡Quédate conmigo, Señor!
Quédate conmigo, Señor, porque necesito tu presencia para no olvidarte.
Tú sabes con qué facilidad puedo abandonarte.
Quédate conmigo, Señor, porque soy débil y necesito tu fortaleza para no caer.
Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi vida, y sin Ti pierdo el fervor.
Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz, y sin Ti reina la oscuridad.
Quédate conmigo, Señor, para mostrarme tu voluntad.
Quédate conmigo, Señor, para que oiga tu voz y te siga.
Quédate conmigo, Señor, porque deseo amarte y permanecer siempre en tu compañía.
Quédate conmigo, Señor, si quieres que te sea fiel.
Quédate conmigo, Señor, porque, por pobre que sea mi alma, deseo que se transforme en un lugar de consuelo para Ti, en un nido de amor.
Quédate conmigo, Jesús, porque se hace tarde y el día declina; la vida pasa, y la muerte, el juicio y la eternidad se acercan. Necesito de Ti para renovar mis energías y no detenerme en el camino. Se hace tarde, la muerte avanza y tengo miedo de las tinieblas, de las tentaciones, de la falta de fe, de la cruz, de las tristezas.
¡Oh, cuánto te necesito, Jesús mío, en esta noche de exilio!
Quédate conmigo en esta noche, Jesús, porque, a lo largo de la vida con todos sus peligros, te necesito. Haz, Señor, que te reconozca como te reconocieron tus discípulos al partir el pan, para que la Comunión Eucarística sea la luz que disipa las tinieblas, la fuerza que me sostiene, la única alegría de mi corazón.
Quédate conmigo, Señor, porque en la hora de la muerte quiero estar unido a Ti, si no por la Comunión, al menos por la gracia y por el amor.
Quédate conmigo, Jesús. No te pido consolaciones divinas, porque no las merezco, sino solamente el don de tu presencia; ¡eso sí te lo suplico!
Quédate conmigo, Señor, porque solo a Ti busco: tu amor, tu gracia, tu voluntad, tu corazón, tu Espíritu, porque te amo y la única recompensa que te pido es poder amarte cada vez más.
Con este amor decidido deseo amarte de todo corazón mientras esté en la tierra, para seguir amándote perfectamente por toda la eternidad. Así sea.
Vídeo del podcast: https://youtu.be/6VPBJmMseRw